El romance de la reina Juana I de Castilla es uno de los temas más recurrentes en la literatura y las leyendas españolas.

Locura y celos la convierten en reina predilecta para la prosa y la pintura. La visión romántica ve a la reina loca de amor por su Felipe y por eso enloquecerá, ciega por los celos.

Cuando Felipe muere, su cadáver sufrirá de todo. Según la leyenda, su corazón reposará en los Países Bajos, y el resto del cuerpo será embalsamado por voluntad de la reina para resistir lo más posible el paso del tiempo.

A la hora de mudar el féretro de Felipe desde Burgos a destino desconocido, la leyenda la ve viajando de noche, como es digno de una viuda que ostenta su luto por las calles de una gélida España. 

El cadáver de Felipe se quedará nómada desde 1506, fecha de su muerte, hasta 1525, cuando por fin será mudado a Granda según voluntad testamentaria.

En el cuadro de Pradilla vemos a una Juana vestida de terciopelo negro con el pelo escondido por la toca. La mirada fija y ausente como si contemplara la nada. Indiferente al frío que los demás sí denotan, así como los velones cuya llama está movida por el viento.

Juana está de pie, inmóvil, frente al féretro de su marido. Lleva en su mano izquierda, en el meñique y en el anular, las dos alianzas, lo único que le queda de su amado. Está embaraza de la que será su hija Catalina, que nacerá durante ese extenuante viaje. La escena es rica en detalles y en la escenificación de los hechos y sentimientos.

La reina Juana pasará el resto de su vida en el Palacio de Tordecillas, donde morirá el 12 de abril de 1555, dejando el reino a su hijo Carlos, ya emperador del Sacro Romano Imperio Germánico.